Advertencia: este texto no incluye final feliz, pero al menos no acaba con un cliffhanger barato.
La literatura en piloto automático: cómo dejamos de exigir y nos tragamos cualquier historia
Vivimos una época en la que la inmediatez parece haber colonizado todos los aspectos de la vida. Leer ya no es, al menos para muchos, una experiencia lenta, exigente, transformadora. Ahora se consume, como quien se traga una serie por capítulos de 40 minutos o un hilo de X bien estructurado. La literatura se enfrenta a una paradoja: nunca se han publicado tantos libros, y sin embargo, cada vez se exige menos a los que los escriben. Pero, ¿de quién es la culpa?
Lectores indulgentes
Los lectores tenemos parte de
responsabilidad. Nos hemos vuelto indulgentes, cómodos, incluso perezosos.
Aceptamos sin pestañear novelas de 300 páginas repletas de lugares comunes, con
tramas recicladas, personajes planos y resoluciones previsibles. A veces, más
que leer, coleccionamos lecturas, como si estuviésemos compitiendo en un reto
de Goodreads.
¿Dónde quedaron las novelas que
desafiaban? ¿Dónde el escritor que no se conformaba con entretener, sino que
aspiraba a incomodar, provocar, innovar?
Hace unos días, lancé un pequeño
sondeo entre mis amigos y seguidores en redes sociales para contrastar esta
impresión. Pregunté si también percibían que la calidad de lo publicado estaba
bajando y si creían que como lectores nos hemos vuelto menos exigentes. El
resultado fue rotundo: todos los que respondieron coincidieron. La mayoría
señalaba además que parece que leemos con prisas, como si no tuviéramos tiempo
para detenernos a disfrutar de una buena prosa o una historia compleja.
Autores en piloto automático
Muchos autores, no todos, por
supuesto, han caído en una peligrosa
zona de confort. Publican lo mismo una y otra vez, apenas con variaciones
cosméticas. Ya no se trata de contar una buena historia, sino de cumplir con
los plazos editoriales, estar presente en las ferias, firmar ejemplares,
mantener la maquinaria funcionando. Y si el público responde, ¿para qué
arriesgar?
Se ha instalado la idea de que
escribir es un ejercicio de marketing antes que de imaginación. El algoritmo
manda: novelas cortas, finales cerrados o hábilmente abiertos para convertirse
en trilogías o sagas, tramas adictivas pero poco complejas, idealmente
susceptibles de ser adaptadas a una serie de Netflix.
No se busca talento, se busca rentabilidad
Editoriales temerosas
Las editoriales no son ajenas a
esta dinámica. La presión por vender, el miedo a equivocarse y la búsqueda del
siguiente fenómeno hacen que muchas veces se apueste por lo seguro: novelas que
respondan a patrones probados, firmadas por autores con presencia en redes, con
tramas que no incomoden ni desafíen.
A raíz del mismo sondeo en redes,
varios lectores me comentaron algo muy razonable: entienden que una editorial
debe obtener beneficios,es su función, al fin y al cabo, pero eso no debería
estar reñido con publicar con cierto criterio de calidad. No todo puede ser “a
ver si suena la campana”. Se puede hacer literatura que venda y que valga.
Por suerte, aún existen editoriales que priorizan la calidad narrativa, que apuestan por la sorpresa en las tramas, por estilos con personalidad y por libros que cuiden todos los aspectos del ecosistema literario: trama, forma y fondo.
Ejemplos reales que ilustran mi opinión:
Podemos señalar algunos fenómenos
actuales que ejemplifican el auge de la literatura superficial o de plantilla.
Algunos nombres no te sorprenderán:
La asistenta de Freida McFadden (y todo lo que vino después), una novela que ejemplifica una fórmula repetitiva y que además ha estado
envuelta en polémicas por sospechas de plagio. Un síntoma claro de que la
industria prioriza cantidad y rapidez sobre calidad.
Autores como Colleen Hoover, con
libros como Cerrando el círculo, que a pesar de su éxito comercial han sido
cuestionados por tratar temas complejos con simplificaciones y personajes
estereotipados.
A.J. Finn, autor de La mujer en
la ventana, un thriller psicológico que bebe directamente de clásicos como La
ventana indiscreta y que, si bien funciona como lectura de entretenimiento, ha
sido criticado por apoyarse demasiado en clichés del género y por una
estructura más efectista que profunda.
Escritores como Joël Dicker,
cuyos libros, como La verdad sobre el caso Harry Quebert, apuestan por
estructuras adictivas, pero en ocasiones priorizan el ritmo sobre la
credibilidad o consistencia.
After, de Anna Todd: un fenómeno
adolescente que evidencia hasta qué punto puede triunfar una historia sin
estructura sólida, sin evolución narrativa y con un mensaje cuestionable.
Culpa Mía de Mercedes Ron Muy similar a After, pero en clave hispana.
Javier Castillo (El día que se perdió la cordura, La chica de nieve, etc.): el autor español se convirtió en fenómeno tras autopublicar su primera novela y ser fichado por una gran editorial. Aunque su éxito es indiscutible, la crítica literaria ha señalado en repetidas ocasiones la debilidad de sus tramas, la construcción superficial de personajes y un estilo narrativo pobre, sustentado casi exclusivamente en giros constantes para mantener al lector enganchado.
Estos libros no son “malos” per
se, pero representan una literatura que vende más por fórmula que por fondo. Lo
preocupante es que sean considerados referentes o literatura “de calidad” sólo
por su éxito comercial.
Entre crímenes sin sentido y thrillers sin alma, leer se está convirtiendo en un acto de resistencia
La novela negra y la crisis de credibilidad
Dentro de esta tendencia general
hacia la mediocridad literaria, la novela negra es uno de los géneros más
afectados. Y aqui puedo hablar con un poco mas de conocimiento de causa ya que a dia de hoy mi biblioteca es casi un ochenta por ciento de este género y sus afines. Lo que alguna vez fue un espacio privilegiado para explorar las
zonas oscuras del alma humana, cuestionar los sistemas de poder o construir
enigmas complejos y desafiantes, se ha convertido con demasiada frecuencia en
un catálogo de fórmulas repetidas, escenarios estandarizados y giros efectistas.
Uno de los síntomas más visibles es la creciente falta de credibilidad en las motivaciones de los asesinos. ¿Cuántas veces hemos leído últimamente que alguien mata por una venganza tan rebuscada como poco convincente? ¿Cuántas tramas giran en torno a traumas inventados sobre la marcha, secretos familiares inverosímiles o traiciones de manual? Es cierto que a veces la realidad nos salpica en la cara con sucesos que siempre diríamos que serían inverosímiles en una novela, pero son los menos.
Pero el problema no termina ahí.
Incluso las resoluciones de los casos, ese momento en el que el lector espera
una revelación que lo sacuda o una conclusión que justifique el camino
recorrido, resultan muchas veces flojas,
forzadas o previsibles. Es como si el autor hubiera llegado al final por
agotamiento, sin verdadero interés en cerrar el caso con coherencia o impacto,
confiando en que el lector ya no espera más.
Los thrillers actuales parecen
construidos con moldes industriales: se prioriza el ritmo frenético, la
fragmentación de capítulos y los cliffhangers, pero se sacrifica la
verosimilitud psicológica, el desarrollo de los personajes y, en muchos casos,
la lógica interna de la historia.
La novela negra no tiene por qué
ser literatura menor. Lo fue en sus inicios, tal vez, pero grandes nombres han
demostrado que puede ser tan profunda, compleja y estilísticamente ambiciosa
como cualquier otra narrativa. Lamentablemente, en la actualidad, demasiadas
obras se conforman con emular superficialmente lo que funcionó antes, sin
aportar ni riesgo ni reflexión.
Dragones, cortes y déjà vu: la juvenil (y la romántica)
Otro fenómeno digno de atención
es lo que está ocurriendo con la literatura juvenil, especialmente la de
fantasía. Reinos inventados, cortes divididas, protagonistas con dones
prohibidos, dragones domesticados… Y todo contado una y otra vez, en sagas de
cinco libros con títulos intercambiables y portadas calcadas.
Lo preocupante no es la
ambientación fantástica en sí, sino la falta de novedad. Cada saga parece una
copia estilizada de la anterior, sin riesgo ni profundidad real. Las fórmulas
se repiten y se publican a velocidad de vértigo. Eso sí, al menos tiene un
valor: sigue siendo puerta de entrada para que muchos jóvenes lean, y eso, en
estos tiempos, ya es mucho decir.
Algo parecido sucede con la
novela romántica. Uno de los géneros más leídos, más rentables, más demandados…
y, paradójicamente, uno de los más estancados.
Se sigue escribiendo, y vendiendo, una y otra vez la misma historia de amor con distintos nombres. Relación
complicada, tensión previsible, final redentor. Y aunque hay excepciones
valiosas, hace años que no aparece en este género algo realmente
extraordinario, algo que rompa el molde o que proponga una nueva manera de
narrar el amor.
Todas las historias ya están escritas... pero no todas están bien
contadas
Esto lo he dicho muchas veces y
lo seguiré diciendo: todas las historias ya están escritas. El crimen pasional,
la herencia secreta, el amante misterioso, el asesino del pasado. Nada de eso
es nuevo. Lo que sí marca la diferencia es cómo se cuenta.
Está en manos del escritor darles
forma, fondo, estilo. Ser capaz de construir algo extraordinario a partir de
una premisa sencilla. Que la historia te atrape por sus personajes, por su
narrativa, por su ritmo o simplemente por cómo está escrita.
Eso es lo que debería buscar un
escritor. Y eso es lo que los lectores deberíamos exigir.
Aún hay esperanza (y sí, vale la pena buscarla)
Por suerte, no todo está perdido. Aún hay editoriales que priorizan la calidad, que apuestan por voces singulares, tramas arriesgadas, estilos narrativos que no se pueden resumir en una frase. También quedan autores, pocos, pero valientes, que siguen apostando por contar bien, por escribir con ambición, por no rebajarse al mínimo común lector. A ellos, gracias.
No son los que más venden, pero son los que más valen. La literatura necesita lectores atentos, críticos, exigentes. No para levantar muros, sino para evitar que nos entreguen historias mediocres envueltas en campañas espectaculares. Ser lector no es solo disfrutar, también es elegir con criterio. Y a veces, decir “esto no me basta” es el primer paso para volver a encontrar libros que de verdad nos transformen.
Si no exigimos más, nos seguirán dando menos. Es así de simple
El papel de los lectores: exigir más
Como lectores, debemos recuperar
nuestra capacidad crítica y exigir más. No basta con consumir historias que
solo buscan entretenernos momentáneamente; debemos pedir innovación,
profundidad, calidad narrativa. Solo así forzaremos a los escritores a esforzarse
y a las editoriales a apoyar propuestas arriesgadas y valiosas.
La literatura no necesita que la salvemos, pero sí que la respetemos. Como lectores, tenemos más poder del que creemos. Y más responsabilidad también. Así que la próxima vez que termines una novela, hazte esta pregunta: ¿Me ha cambiado algo o solo me ha hecho perder el tiempo con estilo? Si la respuesta es la segunda… quizá es hora de exigir más.
Todo lo que he comentado aquí se basa en libros publicados por editoriales, más o menos serias que, en teoría, cuentan con filtros, lectores profesionales y ciertos estándares de calidad. Es decir, alguien leyó eso y pensó: “adelante, merece publicarse”.
Pero entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando
hablamos de libros autopublicados? ¿Quién le dice a ese escritor novel, lleno
de ilusión pero sin herramientas, que su historia, de momento, no está lista?
Que no basta con tener una idea, hay que saber contarla, pulirla, trabajarla.
Que escribir es mucho más que juntar palabras en capítulos hasta llegar a las 200 páginas.
Claro que hay excepciones maravillosas en la autopublicación, pero la
ausencia de filtro puede convertirse en una autopista hacia la mediocridad.

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