Con Una fábula sueca, Nicolás Díez propone una novela de intriga que combina el suspense con la exploración de los secretos familiares y las complejidades de la memoria. Inspirada en un caso real ocurrido en Granada, la obra construye una atmósfera de incertidumbre que acompaña al lector desde las primeras páginas y se apoya en un sólido elenco de personajes femeninos para desarrollar una investigación tan absorbente como inquietante. Conversamos con el autor sobre el origen de la historia, el proceso de documentación, la construcción de sus personajes y los temas que laten bajo la superficie de esta singular novela.
Había tantas versiones como narradores, lo cual era frustrante y magnético al mismo tiempo. Ahí supe que la historia merecía la pena.
¿Cómo
llegó hasta ti la historia real que sirvió de inspiración para Una fábula
sueca y qué te hizo pensar que podía convertirse en una novela?
Llegó
casi por azar, a través de una conversación. Durante un tiempo, varias personas
me insistieron en que debía conocer aquella historia, quizá porque sabían que
escribo y pensaban que podía interesarme. Al principio creí que sería una
curiosidad más, una de esas anécdotas extrañas que circulan de boca en boca.
Pero cuando empecé a escucharla con detenimiento percibí algo distinto: había
en ella un extrañamiento muy difícil de explicar, una especie de fisura en la
lógica de lo real. Y no hay nada que me interese más que eso, pues es justo de
lo que me interesa escribir.
Lo
que me atrapó no fueron tanto los hechos como la sensación de que había algo
que no terminaba de encajar. Una desaparición, un proceso judicial confuso, una
serie de episodios que parecían desafiar cualquier explicación razonable. Ahí
entendí que no estaba ante un caso llamativo, sino ante una grieta narrativa.
Había tantas versiones como narradores, lo cual era frustrante y magnético al
mismo tiempo. Ahí supe que la historia merecía la pena.
Has
comentado en alguna ocasión que hubo aspectos del caso original que nunca
terminaban de encajar. ¿Fue precisamente esa incertidumbre lo que despertó tu
interés como escritor?
Sin
duda. Creo que el verdadero motor de la novela fue esa resistencia de la
realidad a dejarse ordenar. A medida que avanzaba en la documentación, en lugar
de encontrar claridad encontraba nuevas contradicciones, nuevas versiones,
nuevas zonas de sombra.
En
un primer momento eso fue frustrante. Uno tiende a pensar que, cuando se recaba
suficiente información, todo termina adquiriendo sentido. Pero aquí ocurrió lo
contrario. Y fue justamente ahí donde apareció el impulso estrictamente
literario: entendí que lo verdaderamente fértil no estaba en resolver la
incertidumbre, sino en explorarla, en habitarla. Tuve que recordarme a mí mismo
que no soy periodista, sino novelista. Esa fue la clave de todo.
¿Qué
proceso de documentación llevaste a cabo antes de comenzar la escritura y
cuánto peso tuvo la investigación en la construcción de la novela?
Hubo
un trabajo intenso de hemeroteca, entrevistas, conversaciones y reconstrucción
documental. Hablé con personas que estuvieron cerca de los hechos, reuní
materiales, traté de comprender el contexto y de escuchar todas las voces
posibles. Pero llegó un momento en que comprendí que la investigación no podía
convertirse en un corsé. Fue fundamental como punto de partida, como
combustible inicial, pero la novela necesitaba liberarse de ese peso para
convertirse en ficción. La realidad pasó a ser el inicio, no la finalidad.
Me interesaba que lo inquietante no irrumpiera de forma espectacular, sino que se filtrara poco a poco en un entorno aparentemente estable.
La
frontera apareció en el momento en que comprendí que no estaba escribiendo una
reconstrucción ni un true crime, sino una novela. A partir de ahí, la
realidad dejó de ser una obligación y pasó a ser un detonante, un color
estridente que utilizaba para darle unas cuantas pinceladas al lienzo de vez en
cuando. Así, los elementos documentados se transformaron, se desplazaron, se
amplificaron o se desfiguraron según las necesidades narrativas. Quien habita
la novela son personajes, no traslaciones de personas reales.
Desde
las primeras páginas se percibe una sensación de inquietud constante. ¿Fue un
objetivo consciente construir esa atmósfera de desasosiego?
Sí,
completamente. Me interesaba que lo inquietante no irrumpiera de forma
espectacular, sino que se filtrara poco a poco en un entorno aparentemente
estable. Creo que hay algo profundamente perturbador en esos pequeños
desajustes que alteran la normalidad sin estridencias. Todos reconocemos ese
miedo: el momento en que algo cotidiano deja de ser del todo fiable.
La
novela está protagonizada por varias mujeres con personalidades muy distintas.
¿Tuviste claro desde el principio que ellas serían el eje de la narración?
Sí,
porque muy pronto comprendí que la historia pedía ser contada desde miradas
femeninas distintas. Cada una representa una forma de enfrentarse a lo
inexplicable: Ingrid desde la duda y la vulnerabilidad; María desde la razón
investigadora; Elina y Katja desde una opacidad mucho más compleja, donde
conviven amenaza, dolor y memoria.
Ingrid
es quien pone en marcha la investigación. ¿Cómo nació este personaje?
Ingrid
nació de una intuición muy clara: no quería que la historia comenzara desde una
figura entrenada para investigar, sino desde alguien que carece por completo de
esas herramientas. Me interesaba situar el foco en una mujer que lleva una vida
ordenada, estable, construida sobre una cierta idea de control y de normalidad.
Una cónsul, además: alguien acostumbrado a moverse dentro de protocolos,
trámites, certezas administrativas, espacios donde todo debería responder a una
lógica clara. Precisamente por eso me parecía el personaje adecuado para que la
grieta apareciera.
Lo
que me quería explorar a través de Ingrid era esa experiencia profundamente
humana que todos conocemos de una forma u otra: el momento en que algo deja de
encajar y uno empieza a preguntarse si el problema está en lo que ocurre fuera
o en su propia forma de mirar. En ese sentido, Ingrid me permitía acercar la
historia a un terreno muy reconocible para el lector. Porque su desconcierto,
su vacilación y su necesidad de comprender no pertenecen al género policial:
pertenecen a una experiencia humana mucho más íntima y universal.
Ellas
son personas que generan miedo, amenaza, hostilidad, pero no son malas. No son
villanas y no son el malo de una historia. Son supervivientes. Y son producto
de la oscuridad, del trauma, de un pasado hostil que el lector no conoce. Ellas
llevan dentro mucho dolor y he puesto mucho esfuerzo en hacerlas… humanas. Me
interesaban mucho porque en la vida real nunca hay personas totalmente limpias
ni plenamente monstruosas: hay sufrimiento, circunstancias, pasado, traumas y
realidades que desconocemos. Y creo que el verdadero horror está ahí. En ver
que algo limpio y humano se ha torcido de una manera terrible.
La realidad nunca se presenta de forma pura; siempre nos llega atravesada por interpretaciones, relatos, prejuicios y experiencias previas.
Muchos
lectores destacan el magnetismo de Elina. ¿Disfrutaste especialmente
escribiéndola?
Sí,
porque es un personaje lleno de pliegues y contradicciones. Y además, tiene
algo desconcertante: parece frágil, vulnerable, casi infantil en algunos
momentos, pero al mismo tiempo guarda una opacidad muy poderosa. Es uno de esos
personajes que te obligan como escritor a escuchar mucho, a hacer un ejercicio
extremo de empatía para que funcione. Elina es un personaje muy exigente que no
admite fallos de construcción, algo muy difícil, ya que ella expresa
complejidad a través de la simpleza: silencios, monosílabos, frases breves
fuera de contexto... Elina ha sido todo un desafío como escritor.
¿Qué
papel desempeña María?
María
introduce otra forma de mirar. Representa la investigación, el método, la
necesidad de ordenar, de encontrar una explicación. Es una mirada más
estructurada, más orientada a cerrar. Ella no es la típica inspectora
atormentada por traumas complejos que interaccionan con la trama. Ella es una
mujer que tiene los mismos problemas que cualquiera de nosotros. Es una persona
muy exigente con su trabajo y consigo misma, y siente pavor de fallarle a la
gente. Creo que es algo muy contemporáneo, esa sensación de que por culpa de lo
absorbente que es nuestra vida, descuidamos las cosas importantes para
centrarnos en obligaciones que nos importan menos, pero que tenemos que hacer.
Una vez terminada la novela, María se convirtió en mi personaje favorito.
¿Te
interesaba mostrar cómo la verdad puede variar según quién la observe?
Muchísimo.
Creo que esa es una de las ideas centrales del libro. La realidad nunca se
presenta de forma pura; siempre nos llega atravesada por interpretaciones,
relatos, prejuicios y experiencias previas. La novela explora precisamente esa
multiplicidad y la convierte en una duda constante, en un mundo derretido e
inaprensible.
Granada
tiene una presencia muy marcada. ¿Qué aporta a la historia?
Granada
tiene una capacidad muy singular para alojar contrastes. Para mí, es un territorio
perfecto para construir ficción. Es una ciudad donde conviven belleza,
extrañeza, estratos sociales, memoria, capas históricas y una cierta sensación
de misterio latente. Era el escenario ideal para una historia donde lo
cotidiano empieza a contaminarse de inquietud.
La
novela reflexiona sobre memoria, secretos familiares y zonas oscuras del
pasado. ¿Era una idea central?
Sí.
Me interesaba explorar cómo aquello que no se nombra nunca desaparece del todo.
Los secretos, los silencios y las heridas heredadas terminan organizando la
vida de formas invisibles. Es algo que he explorado en todas mis novelas hasta
la fecha, y una idea que seguirá vigente en mi obra: la constatación de que,
muchas veces, el presente no es más que la reverberación deformada de algo que
ocurrió mucho antes.
¿Qué
te gustaría que se llevara consigo el lector?
No
quiero que el lector se lleve una explicación cerrada, ni una respuesta única.
Más bien una experiencia. La sensación de haber atravesado una historia en la
que las certezas se van desplazando poco a poco, casi sin darse cuenta.Me
gustaría pensar que la novela deja una inquietud, pero una inquietud fértil. No
necesariamente ligada al miedo, sino a algo más profundo: la conciencia de que
nuestra relación con la realidad es mucho más frágil de lo que solemos admitir.
Que vivimos interpretando constantemente lo que nos rodea, intentando construir
sentido, estabilidad, una narrativa que nos permita seguir adelante.
Y
creo que la novela dialoga con esa fragilidad. Con esa posibilidad de que, de
pronto, algo pequeño altere completamente nuestra forma de mirar. En ese
sentido, me interesa mucho más la pregunta que deja el libro que cualquier
respuesta que pudiera ofrecer.
¿Has
recibido reacciones de personas relacionadas con la historia real?
He
recibido interés y curiosidad, algo comprensible dada la naturaleza del punto
de partida. Pero siempre he insistido en que Una fábula sueca no
pretende fijar una versión de los hechos, sino construir una ficción autónoma
nacida de una grieta real. Todo está siendo muy positivo en ese aspecto.
¿Hubo
alguna escena especialmente difícil de escribir?
Sí,
especialmente aquellas en las que la amenaza deja de ser abstracta y entra de
lleno en la intimidad de Ingrid. Porque ahí la novela deja de hablar de un caso
o de un misterio externo y empieza a explorar algo mucho más delicado: la
desestabilización profunda de una conciencia y de un personaje por el que
siento mucho cariño.
¿Te
gustaría volver a explorar este territorio?
No
necesariamente desde el caso real ni desde el noir como etiqueta. Lo que
sí me interesa seguir explorando es esa literatura flexible, híbrida, capaz de
contaminarse de distintas formas narrativas para acercarse a la complejidad del
presente. Creo que cada historia exige su propia forma y mi trabajo es estar
atento a eso, a buscar la manera de explorar cada argumento.
Cuestionario
express (respuestas rápidas)
Un
lugar para escribir: mi casa de la
costa. Nada como ver el mar para expandir la mente.
Un
personaje que te hubiese gustado crear: cualquiera
de Dostoievski. Pero si hay que elegir uno, Alexei Karamazov.
Un
tema del que no escribirías nunca:
abusos a menores.
Música
o silencio para escribir: silencio
absoluto.
Un
libro al que siempre vuelves: Bajo
el vocán, los cuentos de Stevenson y el teatro de Shakespeare.
Una
influencia literaria: Roberto Bolaño y
David Foster Wallace.

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