El cine lleva más de un siglo enseñándonos cómo se construye el miedo, el amor, la culpa o la venganza. Pero ¿qué ocurre cuando alguien decide sacar esas escenas de la pantalla y trasladarlas al mundo real?
Ese
es el punto de partida de Fuera de plano, la nueva novela de Jesús Boluda del
Toro. Un thriller que utiliza el lenguaje del cine para hablar de mucho más: de
personajes que buscan una segunda oportunidad, de la obsesión, de la
construcción de los relatos y de esa fina línea que a veces separa la ficción
de la realidad.
Charlamos
con Jesús Boluda del Toro sobre el origen de la novela, el regreso de Juan Cu
—personaje al que conocimos en Minuto 116—, las películas que inspiran la
historia, la elección de una Murcia insólitamente gris y lluviosa como
escenario y la importancia que tienen los personajes por encima del propio
misterio.
Es una novela sobre gente que se quedó fuera de plano y sobre lo que está dispuesto a hacer alguien por entrar en él.
Para alguien que todavía no ha leído
el libro: ¿cómo presentarías Fuera de plano en pocas palabras sin caer en el
“es un thriller”?
Es la historia de dos hombres que
llevan años fuera del encuadre: un inspector que ya no espera gran cosa de la
vida y un preso cinéfilo que ve lo que nadie más ve. Los junta un criminal que
ha convertido sus asesinatos en arte, recreando escenas icónicas en los lugares
de los crímenes. Y debajo de la intriga hay una pregunta muy de ahora: ¿quién
controla el relato cuando la realidad empieza a parecer ficción? Si tuviera que
decirlo en una sola frase: es una novela sobre gente que se quedó fuera de
plano y sobre lo que está dispuesto a hacer alguien por entrar en él.
¿Recuerdas el momento exacto en el que
apareció la idea de la novela? ¿Qué nació primero: el asesino, las escenas de
cine o los personajes?
Primero fue el personaje, y con fecha:
Juan Cu apareció en mi cabeza el 5 de julio de 2017, una mañana en que iba al
hospital a acompañar a mi padre. De aquel impulso salió Minuto 116, mi anterior novela, pero se generó una deuda con este
personaje al acabar aquella primera historia que no quedó saldada. Cuando la
terminé me quedó dentro una pregunta: ¿qué le pasa a un cinéfilo obsesivo
cuando lo encierras lejos del cine? El asesino llegó después, casi como
respuesta: si Juan Cu iba a volver, hacía falta un criminal que solo una mirada
como la suya pudiera leer. Las escenas de cine fueron lo último: eran la mejor
forma de ponerlos a los dos en el mismo plano.
La premisa tiene algo muy visual: un
asesino que recrea escenas de películas. ¿Cuándo te diste cuenta de que ahí
había una novela y no solo una idea potente?
Cuando la premisa dejó de ser un truco y empezó a hablar de algo. Un asesino que recrea películas da para un buen relato; lo que convierte eso en novela es descubrir que la idea te permite mirar el presente. El día que entendí que ese criminal me dejaba hablar de la fiebre del true crime, de los medios convirtiendo las noticias de sucesos en contenido sensacionalista y de nuestra manera de consumir violencia desde el sofá, supe que tenía trescientas páginas y no treinta. Una idea potente te dura un capítulo, pero tocar todos estos temas te viste un libro entero.
Me impuse una regla desde el principio: ninguna referencia podía ser imprescindible para seguir la trama.
¿Por qué querías escribir precisamente
una historia donde el cine estuviera tan presente?
Porque el cine es la educación
sentimental de mis personajes y, en buena medida, la mía. Pero no quería que
fuese solo el decorado ni tampoco una lluvia de referencias: el cine es la
columna vertebral de esta novela. Es el idioma en que piensa el asesino, la
herramienta con que Juan Cu lee los crímenes y hasta la manera de narrar,
porque los capítulos del criminal están escritos en formato de guion. Me impuse
una regla desde el principio: ninguna referencia podía ser imprescindible para
seguir la trama. De esta forma, quien reconoce los homenajes tiene una
satisfacción doble, pero quien no los vea, al menos todos, sigue teniendo una
novela y una trama que seguir y que disfrutar.
La novela está ambientada en Murcia,
pero no es la Murcia luminosa que suele aparecer en el imaginario colectivo.
Aquí hay lluvia, invierno, espacios vacíos, una sensación casi de noir. ¿Por
qué elegiste mostrar esa cara?
Quería que estuviera ambientada en
Murcia, no solo en la ciudad sino también en su región. Los protagonistas pasan
por varios lugares y se hace referencia expresa a ellos. El tema de la lluvia
fue por dos motivos: el primero, para mostrar una Murcia diferente a la que se
le vendrá a la cabeza a un lector cuando vea su ubicación. Aquí también hace
frío, llueve y hace mal tiempo. La segunda, porque quería impregnar al ambiente
del sentimiento por el que los dos protagonistas principales transitan en ese
momento. Están en un momento bajo, con miedos, tristes y el contexto de esa
ciudad lluviosa y oscura podría ayudar. Además, el noir necesita intemperie, escarcha en los hombros, así que todo
indicaba hacia el mismo lugar.
¿Hay escenarios reales que los
lectores murcianos reconocerán o preferiste construir una ciudad más emocional
que geográfica?
La inmensa mayoría son reales: los
lugares del libro existen y se pueden pisar. Un lector murciano puede seguir la
investigación puesto que conocer los lugares, y me importaba mucho que así fuese.
Cuando el lector reconoce la esquina, el bar, el jardín, también se cree todo
lo demás, incluido lo terrible. El hecho de sentarse a los pies del faro en el
muelle de la Curra a contemplar el mar, de ir montado en el coche con los
personajes camino de La Alcayna… La ciudad emocional se construye sola en
cuanto la geografía es verdadera y le cambias la luz. Murcia bajo aquella
lluvia ya era otra sin que yo tuviera que inventar nada.
El asesino no elige películas al azar.
¿Cómo fue el proceso de decidir cuáles iban a aparecer?
No fue una lista de mis favoritas,
aunque alguna se coló. Cada escena tenía que cumplir dos condiciones: funcionar
dentro de la lógica íntima del asesino, que se está contando a sí mismo su
propia historia del cine, y decir algo del momento de la investigación en que
aparece. Por eso el conjunto sigue una progresión: él avanza por la historia
del séptimo arte con un orden que no es casual, y descubrir esa gramática es
parte del juego que la novela le propone al lector. Hubo escenas magníficas que
se quedaron fuera porque no tenían sentido dentro de la trama. Y, sin embargo,
otras entraron sin que, en un primer momento las quisiera tener en cuenta. Me
lo pasé genial revisitando muchas películas antiguas y otras que no había visto
y fueron oro.
¿Buscabas escenas reconocibles para
cualquier espectador o películas que hablaran también del significado de cada
crimen?
Las dos cosas. Necesitaba escenas
reconocibles porque el efecto más inquietante de la novela podía depender de
ello: el lector identifica la película antes que la policía, y esa ventaja lo convierte
en algo parecido a un cómplice. Se descubre admirando la puesta en escena de
una atrocidad, y quería que esa incomodidad fuese deliberada. Como te decía
antes, ninguna escena está ahí solo por ser famosa. Cada una dice algo del
asesino, y a veces de la víctima, aunque eso el lector tarda en saberlo.
¿Hubo películas que estuvieron dentro
de la novela durante mucho tiempo y terminaron desapareciendo?
Claro. Mi lista de películas a incluir
era mucho más larga. De hecho, al acabar la novela en su primer boceto, la dejé
reposar y la repasé. Y me encontré con el hecho de que había demasiadas. Tantas
que, en ocasiones, se perdía el hilo de la historia. Por eso hice una labor de
poda con las películas y las referencias a ellas.
Hay personajes que se despiden cuando escribes la última página y otros que se quedan en un rincón de la mente, esperando.
Si el asesino hubiera seguido
actuando… ¿ya sabías qué películas vendrían después?
No lo sé. Tenía marcadas y trabajadas
las que el asesino utiliza. Es verdad que mi forma de trabajar, con una
escaleta extensa y detallada capítulo a capítulo, deja poco lugar a la
imaginación a la hora del desarrollo, así que no lo he contemplado.
Para quien no lo sepa, Juan Cu ya
aparecía en Minuto 116. ¿Cuándo descubriste que todavía no habías terminado con
él?
Al poco de cerrar aquella novela. Hay
personajes que se despiden cuando escribes la última página y otros que se
quedan en un rincón de la mente, esperando. Juan Cu esperó siete años. Y lo que
lo mantuvo vivo fue una pregunta que yo no había respondido: qué hace un
cinéfilo obsesivo cuando lo encierras lejos del cine. ¿Qué haría esa cabeza,
alimentada de películas desde niño, cuando le cortan su forma de vivir, que
estar viendo películas una tras otra en su casa? Fuera de plano existe porque necesitaba responderla.
¿Te gusta pensar Fuera de plano como
una continuación o como una novela completamente autónoma?
Como una película del mismo universo,
si me permites la comparación: se disfruta entera sin haber visto la anterior,
y quien venga de Minuto 116
encontrará guiños y una recompensa extra. La novela es autónoma con memoria.
Tiene su propio arranque, su propia intriga y un desenlace de verdad, sin
deberes previos para el lector. Pero no quise fingir que el tiempo no había
pasado: quien conoció a aquel Juan Cu torrencial notará que ocho años de cárcel
lo han vuelto más contenido y más hondo. Esa evolución es el regalo para los
lectores veteranos; para los nuevos, simplemente es el personaje.
Quise escribir un thriller que por debajo fuese un rescate
Muchos personajes del libro parecen
haber llegado tarde a algo: a una carrera, a una relación o incluso a una
versión mejor de sí mismos. ¿Te interesa especialmente escribir sobre gente que
todavía busca una segunda oportunidad?
Me interesa mucho, quizá porque la
literatura suele preferir los comienzos y a mí me conmueven los que vuelven a
intentarlo cuando ya nadie mira. Planes y Juan Cu llevan años viviendo en
pausa: uno preso sin poder disfrutar de su pasión, el otro también está preso,
pero de forma metafórica. Está cautivo de una vida sin vida, y la condena se
parece más de lo que ninguno admitiría. Este caso es la última llamada a escena
para los dos. Quise escribir un thriller que por debajo fuese un rescate,
porque creo de verdad que las personas podemos ofrecer una segunda versión de
nosotros mismos, y que (llevándome la comparativa al cine) casi nunca es tarde
para rodar otra toma.
Sergio Planes está cansado, pero nunca
resignado. ¿Cómo se escribe un personaje así sin caer en el tópico del policía
roto?
Con detalles concretos en lugar de
etiquetas. Huí de forma consciente del cliché del policía roto con gabardina y
el vaso de whisky. Planes lleva once años sin dormir una noche entera y es
incapaz hasta de elegir el color de las paredes de su casa. La segunda clave
está en la palabra que usas: nunca resignado. Planes sigue haciendo bien su
trabajo, sigue cuidando lo poco que tiene, y esa dignidad mínima lo salva del
tópico. Y la tercera es el humor: la gente rota de verdad hace chistes, porque
bromear es, en cierta forma, su manera de seguir en pie.
¿Crees que el cine funciona para
algunos personajes como refugio… o directamente como una forma de sobrevivir?
Para Juan Cu es supervivencia literal:
el cine le dio una infancia habitable y una cárcel soportable, un lugar donde
vivir cuando el mundo no le ofrecía ninguno. Pero la novela mira también el
reverso, porque todo refugio puede convertirse en una trampa. Hay quien entra
en la ficción para respirar y hay quien ya no encuentra la salida, y la
frontera entre el amor desmedido por una pasión y la patología pasa por algo
muy concreto: la capacidad de aceptar los propios límites. Juan Cu los aceptó;
otro personaje de este libro, no. Entre esas dos maneras de amar el cine se
juega toda la novela.
Si alguien cierra Fuera de plano y se
queda pensando en una sola idea, ¿cuál te gustaría que fuera?
Pregunta complicada. Que las personas,
hasta las más rotas, hasta las que se equivocaron, pueden ofrecer una segunda
versión de sí mismas si alguien les ofrece una mano. Planes y Juan Cu, sin
saberlo, se tienen el uno al otro, y eso los salva a los dos. Si el lector
cierra el libro con esa idea, y de propina con unas ganas enormes de ver cine,
me doy por pagado: este libro nació, en buena parte, del amor al cine y no hay
mejor regalo para mí que devolver gente a la butaca.
Y después de este libro… ¿sientes que
ya has contado todo lo que querías sobre Juan Cu o todavía quedan escenas por
rodar?
Esta historia cierra su función: quien
llegue al final verá que no hago trampas, que hay desenlace de verdad y no un
anzuelo para la siguiente entrega. Terminar un libro con un cartel de
“Continuará” no me ha gustado nunca. Dame un menú cerrado y no me dejes sin el
postre. Si me gusta, volveré a tu restaurante. Dicho esto, Sergio Planes y Juan
Cu, uno o los dos, volverán si el público lo pide. Por mi parte no habrá ningún
problema. A veces, después de los créditos, hay una escena más.
Cuestionario exprés
Una película que hayas visto
demasiadas veces… y volverías a ver hoy mismo.
Seven.
Un personaje de cine o literatura con
el que te irías a tomar una cerveza.
¿Solo uno? Qué mal… De cine, con
Morgan Freeman, de literatura, con Lope de Vega.
Una película que todo el mundo adore y
tú no termines de entender.
Blade runner, la de 1982. Y mira que
la he visto varias veces, pero no me entra.
¿Escribes mejor con silencio, música o
ruido de cafetería?
La mayoría de veces escribo con bandas
sonoras de cine. Pero hay veces que me gusta tanto lo que estoy escuchando que
me saca de lo que estoy escribiendo. En ese momento me voy a Bach, que es un
refugio seguro.
¿Planificas el final o eres de
descubrirlo escribiendo?
No solo el final, lo planifico todo.
Mi parte creativa reside en el trabajo de pensar los peronajes, las tramas y
elaborar una escaleta muy extensa y detallada con lo que ocurre en cada uno de
los capítulos. Cuando lo tengo todo claro, me pongo a escribir. Y es solo
desarrollar todos los acuerdos a los que he llegado en esa escaleta.
Una influencia literaria
Somos lo que leemos. Así que mis
influencias son muchísimas, aunque no le llego a la suela a ninguno. Stephen
King es uno de los autores a los que más he leído.
Un libro al que siempre vuelves
¡Qué manía con que solo sea uno! Mira,
te doy tres: El Quijote, Cementerio de
animales y Obras completas de
Federico García Lorca.
¿Qué hay siempre cerca mientras
escribes? (café, libreta, móvil apagado, una taza concreta…)
Café. Y, claro está, una libreta. Más
que nada porque escribo con pluma en libreta.
¿El libro o la película?
Siempre el libro. Aunque ha habido
adaptaciones maravillosas, como la de El
perfume, Cadena perpetua, El Padrino o
La milla verde.
Después
de conversar con Jesús Boluda del Toro queda claro que Fuera de plano es una
novela escrita desde dos pasiones: la narrativa y el cine. Pero también que,
detrás de la investigación policial y de las referencias cinematográficas, hay
un interés constante por los personajes, por sus contradicciones y por esas
segundas oportunidades que la vida no siempre concede.
Quizá
esa sea una de las ideas que mejor resume el libro: las películas terminan
cuando aparecen los créditos; las personas, en cambio, siguen escribiendo su
historia mucho después de que parezca haber terminado.
Gracias
a Jesús Boluda del Toro por compartir con nosotros los entresijos de una novela
que invita a mirar el cine… y la realidad… desde otro ángulo.

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