El derecho a NO leer lo que todos leen

Acabo de terminar de leer una novela que venía precedida de todo lo que hoy parece garantizar el éxito: una potente campaña promocional, anuncios a bombo y platillo, traducciones a más de catorce países y el atractivo añadido de un autor envuelto en el misterio, del que —según dicen— no se sabe prácticamente nada. Todos los ingredientes del fenómeno editorial perfecto.

Y, sin embargo, el resultado ha sido decepcionante.

No porque el libro sea necesariamente malo, sino porque no está a la altura de las expectativas infladas que lo rodean. Y es precisamente esa distancia entre lo prometido y lo leído lo que invita a una reflexión más amplia: ¿cuánto de lo que leemos responde a un interés genuino y cuánto a la presión del ruido mediático?

La saturacion se ha convertido en una forma eficaz de control cultural. La repetición constante de nombres, portadas, premios, listas de ventas y fotografías sonrientes hasta que terminamos creyendo que leer eso —precisamente eso— es casi una obligación moral. La industria editorial ha perfeccionado el arte de convertir cada lanzamiento en un acontecimiento. Durante semanas, un mismo título aparece en entrevistas, escaparates, recomendaciones, podcasts y redes sociales. El mensaje es claro: si no lo lees, te quedas fuera. Y lo más preocupante no es la estrategia, que es legítima dentro del mercado, sino la facilidad con la que muchos lectores se dejan arrastrar por ella.

No pasa nada por no leer a Juan Gómez-Jurado. No pasa absolutamente nada. Sus cifras de ventas no son un mandato cultural. Tampoco es obligatorio que nos entusiasme la fantasía de David Uclés. Que un autor esté en todas partes no convierte su obra en experiencia universal ni en examen obligatorio de pertenencia.

Y, sin embargo, nos comportamos como si lo fuera.

Existe una ansiedad cultural por “estar al día” que roza lo ridículo. Se compran libros que no interesan realmente, se opinan obras que apenas se han terminado y se finge entusiasmo para no desentonar en la conversación. Se comparte la foto con el autor, pero rara vez se comparte la página en la que se abandonó la lectura. Porque abandonar parece una derrota. Y no lo es: es criterio.

También ocurre con los premios. Cada año se anuncia el Premio Nobel de Literatura como si señalara el único camino válido de la literatura contemporánea, o el Premio Planeta como si su fallo marcara automáticamente qué hay que leer. Y aunque muchos galardones reconocen trayectorias sólidas, no dejan de formar parte de una maquinaria donde la visibilidad es tan importante como la calidad. Creer que debemos alinearnos automáticamente con cada veredicto es una renuncia al criterio personal. Lo más inquietante no es que existan fenómenos mediáticos. Lo inquietante es la renuncia voluntaria a la autonomía. Esa necesidad constante de pertenecer al ruido. De opinar sobre todo. De tener la postura correcta en el momento adecuado. Como si el silencio o la indiferencia fueran fallos de carácter.

No lo son.

No tener opinión sobre un libro que no hemos leído es coherencia y no disfrutar de un bestseller no nos convierte en elitistas ni en ignorantes. Simplemente significa que nuestros intereses van por otro camino.

Ahora bien, conviene no confundir el rechazo al ruido mediático con el aislamiento lector. Hay otra forma de descubrir libros, mucho más honesta y fértil: la recomendación de lectores afines. Aquellos amigos, críticos o incluso desconocidos que, con el tiempo, han demostrado compartir nuestros gustos, nuestras intuiciones y hasta nuestras manías literarias. Atender esas recomendaciones no es seguir una moda, sino afinar el criterio. Es dejarse guiar no por la repetición masiva, sino por la afinidad. Ahí sí hay un verdadero diálogo. Ahí sí aparece la posibilidad de descubrir libros que, de otro modo, habrían pasado desapercibidos.  Porque no es lo mismo el mantra cultural que se repite cada día —ese eco constante que nos dice qué deberíamos leer— que la sugerencia casi íntima de alguien que conoce nuestros gustos. La lectura no debería funcionar como un carnet de pertenencia social. No es un trending topic. Es un acto íntimo, lento, profundamente personal. Cuando permitimos que el ruido mediático decida por nosotros, convertimos la experiencia lectora en un trámite más de validación externa.

Y quizá ha llegado el momento de asumir algo sencillo: no todo es para todos. No todo nos tiene que gustar. No todo lo que vende millones merece nuestro tiempo.

Leer por deseo es cultura. Leer por arrastre es consumo.

Y la diferencia importa.


Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo contigo, hay libros muy interesantes que pasan desapercibido y merecen su lectura y reconocimiento

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