Cartagena corre el riesgo de perder algo que rara vez aparece en los debates sobre patrimonio: la identidad construida por los pequeños elementos urbanos.
Hablamos mucho de fachadas, de
edificios históricos, de excavaciones y de grandes proyectos. Pero olvidamos
que una ciudad también se reconoce por aquello que acompaña la vida cotidiana:
el pavimento bajo los pies, los bancos, las barandillas, el arbolado… y las
farolas.
Porque una farola nunca ha sido solo una luminaria.
Durante décadas, Cartagena
entendió esto mejor de lo que hoy parece recordar. Buena parte del centro y del
frente marítimo estuvo acompañado por un mobiliario urbano que, más allá de
iluminar, contribuía a construir una imagen propia. Las antiguas luminarias
ornamentales del puerto, las farolas tan añoradas de la Cuesta de la Baronesa,
las piezas de inspiración marinera de la Cuesta del Batel o determinadas
alineaciones históricas del casco urbano no eran simples soportes técnicos:
eran elementos que dialogaban con el lugar. Tenían presencia durante el día y
cumplían su función durante la noche. Con sus remates, brazos, proporciones y
referencias al entorno marítimo, estas piezas ayudaban a que Cartagena
pareciera Cartagena y no cualquier otra ciudad mediterránea.
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| Explanada y paseo del puerto hace unos años |
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| La explanada antes y ahora |
Recordemos que cl centro histórico de Cartagena está protegido desde el 12 de diciembre de 1980, cuando el Estado lo declaró oficialmente Conjunto Histórico-Artístico mediante el Real Decreto 3046/1980 (publicado en el BOE el 2 de febrero de 1981). Esa figura de protección hoy equivale, dentro de la legislación patrimonial española, a un Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de Conjunto Histórico.
¿Qué implica esa catalogación?
- Protege el conjunto urbano, no solo edificios concretos.
- Abarca valores históricos, arqueológicos, arquitectónicos y paisajísticos del casco antiguo.
- Las obras, rehabilitaciones y nuevas edificaciones están sujetas a normas específicas para conservar el carácter del lugar.
- Exige instrumentos urbanísticos propios de protección. En Cartagena ese papel lo cumple el Plan Especial de Ordenación y Protección del Conjunto Histórico (PEOPCH), vigente desde 2005 y actualmente en revisión.
Diseño y eficiencia nunca han sido conceptos incompatibles.
La tecnología actual permite
consumir menos, reducir contaminación lumínica y mejorar el mantenimiento sin
necesidad de vaciar de identidad el espacio público. El problema no es cambiar
una farola antigua por una más eficiente. El problema aparece cuando la
sustitución implica renunciar también al lenguaje urbano que daba personalidad
al lugar.
Y ahí Cartagena debería detenerse
a reflexionar.
Porque el centro histórico no es
únicamente una colección de edificios protegidos. También es la suma de
detalles que han ido formando un paisaje reconocible. Quizá por eso preocupa
pensar que este proceso pueda extenderse a otras calles que todavía conservan
parte de ese carácter urbano consolidado: San Diego, Carmen, Santa Florentina y
otros espacios donde el mobiliario aún mantiene cierta presencia histórica y
continuidad visual. No se trata de congelar la ciudad ni de impedir cualquier
renovación. Se trata de asumir que renovar no siempre significa borrar.
En la remodelación reciente del frente marítimo (2019), se buscó deliberadamente una explanada más despejada y se sustituyó gran parte del alumbrado vertical tradicional por soluciones más integradas y menos numerosas; incluso se habló expresamente de retirar el “bosque de farolas” para abrir visualmente el espacio. Hay algo curioso con esas farolas: no eran históricas en sentido decimonónico, pero sí acabaron siendo históricas para una generación de cartageneros. Son de esas piezas de mobiliario urbano que terminan definiendo una época de la ciudad.
La Plaza de San Francisco, lugar emblemático del centro, pese a la dejadez y deterioro que sufren los edificios que la rodean, fue uno de los primeros lugares en sufrir las consecuencias de esta nueva moda de minimizar todo aquello que huela a alma y corazón de una ciudad. Durante la reforma de 2013 se retiraron las antiguas farolas fernandinas de la plaza y se reutilizaron después en la Plaza del Risueño para conservar allí un carácter más clásico y acogedor. Es decir, en aquel momento todavía existía cierta idea de que el mobiliario tenía valor más allá de su función técnica. En esta plaza florecieron en cambio postes con focos que incluso cambian de color según no sé qué criterio. Las cercanas calles Serreta y Caridad, tan ninguneadas por unos y por otros, también sucumbieron a esta vorágine del nuevo "modernismo minimalista".
Porque cuando una farola deja de ser ciudad, la ciudad pierde una parte de su voz.
Ahora mismo Cartagena vuelve a
afrontar otra renovación con nuevas
sustituciones de luminarias entre el entorno del Ayuntamiento y la explanada
del puerto (si, otra). Las que llegan responden a una tendencia aún más minimalista que
las anteriores: más estilizadas, más discretas, más técnicas.
No es un juicio sobre su calidad
técnica. Es una cuestión sobre su capacidad para construir ciudad. Porque el
problema ya no es una actuación concreta. El problema es la sensación creciente
de que cada intervención sobre el frente marítimo funciona como si las
anteriores nunca hubieran existido. Y eso tiene consecuencias. Cada
remodelación elimina una capa del paisaje urbano y la sustituye por otra que
pocas veces parece dialogar con la anterior. Se pierde continuidad, se pierde
memoria y, poco a poco, se pierde también la sensación de estar en un lugar singular.
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| El entorno de Héroes de Cavite. A la izquierda lo nuevo. |
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| Antes y ahora |
Una ciudad se vive recorriendo sus calles. Por eso quizá convendría preguntarse si cada renovación del frente marítimo o de las calles de su centro histórico debería empezar con una cuestión previa: ¿qué merece permanecer? Porque conservar no significa inmovilizar una ciudad ni convertirla en un decorado incapaz de evolucionar.
Conservar significa reconocer que una ciudad no está hecha únicamente de grandes edificios y proyectos emblemáticos. También está formada por esos elementos cotidianos que, con el paso de los años, dejan de ser mobiliario para convertirse en paisaje.
Y una vez desaparecen, rara vez vuelven.
M. Acosta





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