Entrevista a Rafa Melero Rojo, autor de Sin indicios criminales

 Hay autores a los que uno vuelve con cierta confianza, casi con la seguridad de que no van a fallar. Rafa Melero Rojo es uno de esos nombres dentro de la novela negra española actual. Con cada nueva publicación, sus lectores esperamos una historia sólida, anclada en la realidad y atravesada por conflictos morales que incomodan.

En Sin indicios criminales, Melero nos lleva a una Barcelona alejada de la postal, marcada por los narcopisos, la violencia de los clanes de la droga y una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando alguien que ha representado la ley decide actuar fuera de ella? Hablamos con él sobre el origen de la novela, la construcción de Manuel Longán, la delgada línea entre justicia y venganza y el peso —inevitable— de su experiencia como mosso d’esquadra en su literatura.

El miedo es el arma más poderosa que existe

 ¿En qué momento nace la idea de Sin indicios criminales y cuál fue la chispa inicial que dio forma a la historia?

Es difícil decir el momento exacto, pero básicamente cuando confluyeron varias inquietudes. Crear un personaje diferente, sobre todo en cuanto a edad de los anteriores, mostrar cómo se forman los grupos criminales y quienes les persiguen, y en ese camino dar luz a un submundo que existe pero que poca gente, que no está metida en él, sabe que existe.

 ¿Partiste antes del personaje de Manuel Longán o de la trama de venganza y narcotráfico?

A partes iguales. Pero primero Longán y la venganza, y justo después el narcotráfico.

 Sin indicios criminales parte de un acto de violencia, pero pronto se convierte en una reflexión sobre la culpa y la reparación. ¿Te interesaba más explorar el daño o la respuesta al daño?

Ambas, creo que se retroalimentan, la cuestión es poner al lector en el sitio de Longán y hacerle pensar en qué harían ellos si pudieran.

 Manuel Longán es un personaje complejo, con pasado policial y heridas personales. ¿Qué querías explorar a través de él?

Al ser humano que hay siempre debajo de cualquier uniforme, lo lleve o no. Los que somos policías, y creemos en la profesión, lo seremos siempre, aunque nos jubilemos.

 El clan Juárez no es una caricatura, sino una estructura organizada con códigos propios. ¿Te interesaba mostrar que el crimen también tiene su racionalidad interna?

Lo quería mostrar tal y como es en la realidad. Sin adornos, ni romantizar al delincuente.

Pedí un permiso y patrullé por las calles del Raval para poder ver in situ los narcopisos y lo que los rodea. 

 Julián Juárez entiende el miedo como herramienta de liderazgo. ¿Qué te atrae literariamente de los personajes que ejercen el poder desde la violencia?

El miedo es el arma más poderosa que existe. Los criminales viven de él. Hay que mostrarlos tal y como son.

 Se percibe un conocimiento muy preciso de los procedimientos policiales y del funcionamiento interno de los cuerpos de seguridad. ¿Cuánto hay de experiencia directa y cuánto de documentación específica para esta novela?

Hay sobre todo treinta años de carrera policial,  pero no basta, claro. Pedí un permiso y patrullé por las calles del Raval para poder ver in situ los narcopisos y lo que los rodea. Ventajas de ser de la pasma.

 Manuel Longán plantea una pregunta clásica del noir: ¿qué ocurre cuando el justiciero no confía en la justicia? ¿Es una figura trágica o inevitablemente peligrosa?

Creo que es básica cuando una sociedad convive con muchas injusticias, la vida es a veces muy injusta y eso lo sabe cualquier lector. Y no hace falta centrarse en las tramas criminales, cualquiera que tenga un familiar afectado por un cáncer sabe de esa injusticia. Literariamente se puede explorar otra línea que se aleja de esa fatalidad y se centra en dar al lector una respuesta que puede que le satisfaga, aunque siempre hay que pagar un precio.

 La venganza es el motor de la novela, pero no está tratada como un impulso, sino desde la planificación fría. ¿Te preocupaba que el lector empatizara demasiado con él?

Lo normal ante las injusticias es empatizar con la víctima, al final el objetivo, además de hacer reflexionar es que el lector se lo pase bien. Con esas dos premisas me conformo.

¿Dónde sitúas la frontera entre justicia y vendetta personal? ¿Existe realmente esa línea o es más frágil de lo que pensamos?

Es una línea difusa, sobre todo en literatura, en la vida real es muy complicado, y tiene consecuencias saltar de un lugar a otro, por eso, creo, nos gusta leer a personajes que lo consiguen.



A veces suceden cosas que puestas en una novela el lector no creería

 Como mosso d’esquadra, ¿te impones límites a la hora de contar ciertas cosas o la ficción te permite decir lo que la realidad no siempre deja?

La realidad, y esta novela está repleta de ella, siempre puede superar a la ficción. A veces suceden cosas que puestas en una novela, el lector no creería. Hasta ahí llega.

 Barcelona aparece casi como un personaje más. ¿Qué querías retratar de la ciudad que no suele verse en las postales?

La situación de algunas zonas de la ciudad que no suele verse en los medios porque eso queda mal. La inseguridad, los narcopisos que son un infierno para los vecinos, la vulnerabilidad de muchas personas. Eso existe y hay que contarlo aunque quede mal. Para eso está la novela negra ¿no?

 ¿Hasta qué punto el contexto social condiciona las decisiones individuales de tus personajes?

El contexto social es básico en la novela negra, las decisiones de los personajes siempre están ligadas a ello.

 Después de varias novelas publicadas, ¿dirías que tu mirada como escritor ha cambiado con respecto a tus primeras historias?

Mucho, lo admito. Antes me conformaba con entretener, ahora solo con eso ya no me sirve.

 ¿Qué te sigue atrayendo de la novela negra como territorio literario?

La comodidad de encontrarme en un entorno que domino y explicar la pura realidad, aunque duela.

 

 Cuestionario exprés:

¿Justicia o venganza? Justicia.

¿Final feliz o final honesto? Siempre honesto.

Un lugar para escribir. Soy capaz de escribir en cualquier parte.

¿Qué personaje de ficción te hubiese gustado crear? Buf, muchos, Bevilacqua, Leo Caldas, Petra Delicado, Art Keller o el Obispo Waleran (para mí uno de los mejores malos de la literatura).

Un tema del que no escribirás nunca. Me sigo alejando de casos con víctimas infantiles. En la vida real duelen mucho.

Una influencia literaria. Lorenzo Silva y Don Winslow, entre otros. Creo que se puede aprender de muchos compañeros.

Un libro al que siempre vuelves. “El poder del perro” de Don Winslow (recomendado en su día por el añorado Paco Camarasa).

Una palabra que defina Sin indicios criminales. Realismo-ficción. Son dos, pero muy juntas.

Rafa Melero en Sin indicios criminales vuelve a explorar las zonas grises de la justicia y la violencia desde una mirada directa y sin concesiones. Una novela que confirma por qué cada nueva publicación suya genera expectación entre los lectores de negra.

Gracias por acompañarnos. Nos leemos en la próxima entrevista.



Comentarios